El juicio final y la compasión de Dios

El juicio final y la compasión de Dios

Publicado el 29/02/2020
Equipo Editorial HN


La doctrina cristiana no es un sistema rígido y cerrado en sí mismo, pero tampoco es una ideología que cambia con el paso de las estaciones; es una realidad dinámica que, permaneciendo fiel a su fundamento, se renueva de generación en generación y se cumple en un rostro, en un cuerpo y en un nombre: Jesucristo resucitado". Lo dijo el Papa hoy a los participantes en la Plenaria de la Congregación para la Doctrina de la Fe. "Gracias al Señor Resucitado - continuó Francisco - la fe nos abre al prójimo y a sus necesidades, desde los más pequeños hasta los más grande". En este contexto, el Papa recordó el "valor intangible de la vida humana", incluso en sus fases terminales ante la presencia de "males incurables": no hay que abandonar nunca al enfermo porque "la vida humana, por su destino eterno, conserva todo su valor y toda su dignidad en cualquier condición". No hay vidas indignas o vidas que se puedan descartar porque ya no se consideren eficientes o útiles. El Papa recuerda la compasión de Jesús: "Cuando la enfermedad llama a la puerta de nuestra vida, surge cada vez más en nosotros la necesidad de tener cerca a alguien que nos mire a los ojos, que nos tome de la mano, que muestre su ternura y nos cuide, como el buen samaritano de la parábola del Evangelio.

Francisco expresó también su agradecimiento por el estudio realizado por el Dicasterio en relación con la revisión de las normas sobre "delicta graviora" para "proceder con rigor y transparencia en la protección de la santidad de los Sacramentos y la dignidad humana violada, especialmente de los pequeños". Será precisamente nuestra actitud hacia los pequeños de la tierra lo que incidirá sobre nuestro destino eterno.

El día del juicio: el Papa lo tiene bien presente y a menudo regresa sobre ello. También hoy durante la misa en Santa Marta. Es un examen cuyas preguntas ya conocemos. Francisco las repite con tenacidad citando el capítulo 25 del Evangelio de Mateo: "Tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber; fui forastero y me acogisteis, desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, encarcelado y vinisteis a visitarme". Tal vez, en nuestro viaje de fe, nos estamos cansando y preocupando por mil cosas, tal vez incluso pensamos que estamos defendiendo a Dios y en cambio somos un objetivo equivocado. El día del juicio está deformado por nuestros pequeños juicios.

Tal vez los que piensan en el cielo juzguen severamente a los que piensan en la tierra y viceversa. La cuestión es otra: el amor concreto. El Santo Padre nos invita a hacer el examen de conciencia: "¿Con qué medida mido a los demás? ¿En qué medida me mido? ¿Es una medida generosa, llena del amor de Dios, o es una medida de bajo nivel? Y con esta medida seré juzgado, no será otra: esa, sólo la que yo hago (...) Si es una medida cristiana, que sigue a Jesús en su camino, con la misma seré juzgado, con mucha, mucha, mucha piedad, con mucha compasión, con mucha misericordia". En el día del juicio, todos los que hemos juzgado con nuestras medidas necesitaremos la "medida de Dios", es decir, su infinita misericordia.

El día del juicio puede inspirar mucho miedo. Pero Dios sólo quiere nuestra felicidad, nos quiere felices. Francisco lo subrayó ayer durante la audiencia general del miércoles, iniciando un nuevo ciclo de catequesis dedicado a las Bienaventuranzas según el Evangelio de Mateo (Mt 5, 1-11). Las Bienaventuranzas - observó el Papa - son la carta de identidad del cristiano, "porque delinean el rostro del mismo Jesús", pero al mismo tiempo son "un mensaje para toda la humanidad". Jesús enseña "una nueva ley: ser pobre, ser manso, ser misericordioso... Estos 'nuevos mandamientos' - dice - son mucho más que normas. De hecho, Jesús no impone nada, sino que revela el camino a la felicidad".

¿Quién es bienaventurado? Es una persona "que avanza por el camino de Dios: paciencia, pobreza, servicio a los demás, consuelo... Dios, para donarse a nosotros, elige a menudo caminos impensables, tal vez los de nuestros límites, nuestras lágrimas, nuestras derrotas" transfigurados por el poder de Dios. Las Bienaventuranzas también han atraído y atraen a muchos no cristianos, porque Jesús no pide "obras extraordinarias" sino "realizar una sola obra de arte: la de nuestra vida". En la conciencia de "lo que realmente importa": el amor de Dios "que es el único que puede hacernos felices".