Sobre la dignidad de recibir la Comunión en la mano (en este tiempo de pandemia)

Sobre la dignidad de recibir la Comunión en la mano (en este tiempo de pandemia)

Publicado el 13/04/2020
Equipo Editorial HN


Con el fin de aclarar las conciencias de la gente que se niega a recibir la comunión en la mano, quiero poner a su consideración lo siguiente:

Podemos decir que por lo menos hasta el siglo IX se dio la comunión en la mano en toda la Iglesia (en el Oriente, hasta nuestros días). Son muchos los textos que atestiguan esta antigua práctica. Entre los más significativos se puede citar el de las “Catequesis mistagógicas” de San Cirilo, obispo de Jerusalén (313-386):

“Cuando te acerques, no lo hagas con las manos extendidas, o los dedos separados, sino haz con tu izquierda un trono para la derecha, que ha de recibir al Rey, y luego con la palma de la mano forma un recipiente, recibe el cuerpo del Señor y di “Amén”. En seguida santifica con todo cuidado tus ojos con el contacto del Sagrado Cuerpo y súmelo, pero ten cuidado que no se te caiga nada: porque lo que tú pudieras perder es como si perdieras uno de tus miembros.

Por su parte, Teodoro de Mopsuestia (ca. 352-426) dice:

“Cada uno de nosotros se acerca, con los ojos bajos y las dos manos extendidas (...) con las dos manos extendidas se reconoce la grandeza de este don que se está por recibir. Con la derecha extendida se recibe el Pan que es dado; pero debajo de la derecha pone la izquierda, revelando de este modo un gran respeto» (Homilía XVI).

Ahora, a propósito de la dignidad de recibir la Sagrada comunión, san Pablo sobre (1 Co 11,27-29):

“Así pues, cualquiera que come del pan o bebe de la copa del Señor de manera indigna, comete un pecado contra el cuerpo y la sangre del Señor”.

O sea que lo que hace indigno a la persona de recibir la Sagrada Comunión no es si se hace en la mano o en la boca, sino el estado de nuestro corazón, ya que como lo dice Nuestro Señor Jesucristo “Es del corazón de donde sale lo malo del hombre” (Cf. Mt 15,19).

La comunión en la mano no es una innovación. Si bien la Iglesia Occidental ha practicado durante siglos solo la comunión en la boca, la forma más antigua de recibir la comunión es la de poner la hostia consagrada sobre la mano de los fieles; en los primeros siglos de la Iglesia era éste el modo común y ordinario de comulgar, praxis observada en todas las Iglesias durante el primer milenio: en las Iglesias occidentales ha permanecido por lo menos hasta el siglo IX, mientras que en el Oriente, hasta nuestros días. Son muchos los textos que atestiguan esta antigua costumbre. Entre los más significativos se puede citar el de las “Catequesis mistagógicas” de San Cirilo, obispo de Jerusalén (313-386), que describe la comunión de los adultos bautizados en la noche de Pascua, quienes participan por primera vez en la Eucaristía: 

“Cuando te acerques, no lo hagas con las manos extendidas, o los dedos separados, sino haz con tu izquierda un trono para la derecha, que ha de recibir al Rey, y luego con la palma de la mano forma un recipiente, recibe el cuerpo del Señor y di “Amén”. En seguida santifica con todo cuidado tus ojos con el contacto del Sagrado Cuerpo y súmelo, pero ten cuidado que no se te caiga nada: porque lo que tú pudieras perder es como si perdieras uno de tus miembros.”

Por su parte, Teodoro de Mopsuestia (ca. 352-426) dice:

“Cada uno de nosotros se acerca, con los ojos bajos y las dos manos extendidas (...) con las dos manos extendidas se reconoce la grandeza de este don que se está por recibir. Con la derecha extendida se recibe el Pan que es dado; pero debajo de la derecha pone la izquierda, revelando de este modo un gran respeto» (Homilía XVI).

Ahora, a propósito de la dignidad de recibir la Sagrada comunión, san Pablo sobre (1 Co 11,27-29):

“Así pues, cualquiera que come del pan o bebe de la copa del Señor de manera indigna, comete un pecado contra el cuerpo y la sangre del Señor”.

O sea que lo que hace indigno a la persona de recibir la Sagrada Comunión no es si se hace en la mano o en la boca, sino el estado de nuestro corazón, ya que como lo dice Nuestro Señor Jesucristo “Es del corazón de donde sale lo malo del hombre” (Cf. Mt 15,19).

Esto se ve confirmado por Juan Crisóstomo (s. IV) quien escribe:

“No tiene sentido purificar con cuidado las manos que puedan tocar al Señor, dejando manchada el alma que recibirá totalmente el Cuerpo el Señor. El que comulga debe tener as manos lavadas y el corazón purificado” (Cf. Homilía 3, 4in Ef).

Queda, pues, claro que la recepción de la Sagrada Hostia, sea en la mano o en la boca, depende de la conciencia que cada persona tenga y no de la parte del Sacramento que recibe. Puede haber gente que la recibe indignamente en la boca con lo cual comete sacrilegio, como lo dice san Pablo.

Ahora bien, el temor a cometer sacrilegio al recibir la comunión en la mano, argumentando que las manos de los laicos son impuras, proviene de las corrientes “integristas” y tradicionalistas que quieren volver a la época medieval, en la que algunas corrientes del clericalismo, desarrolló estas consideraciones que en ningún momento aparecen en los escritos del NT. Estos hermanos incluso consideran que el CONCILIO VATICANO II es inválido lo mismo que la elección de los siguientes Papas que siguieron a Juan XXIII. Con ello comenten un gran pecado contra Dios al pecar contra la unidad de la Iglesia. Nosotros, los cristianos católicos del siglo XXI, seguimos fieles a Pedro, al cual reconocemos hoy en día en al persona del Sumo Pontífice Francisco.

Por otra lado, estos mismos hermanos, para validar esta postura de indignidad de cometer sacrilegio al recibir a Jesús en la mano, argumentan que muchos santos han hablado de la indignidad de los laicos para tocar las especies eucarísticas. A estos hermanos debemos decirles que la santidad no depende de estos criterios piadosos que obedecen a la doctrina de su tiempo.

Solo para dar un ejemplo, prácticamente hasta nuestros días, en muchos ambientes eclesiásticos, especialmente de corte “integrista” se tiene la relación sexual entre los esposos como algo que no está del todo bien, referido eso al estado de gracia de la pareja, argumentando que al menos esa relación causa un pecado venial al realizarlo. Esto ancla su historia en una visión equivocada y negativa del sexo de algunos santos. Iniciando desde san Jerónimo hasta san Alberto Magno (+1280) quien les pedía a los esposos que esperaran al menos 30 días sin tener relaciones con la esperanza de que entraran al convento.

Esto nos deja entrever que, no obstante, estos hombres son excepcionalmente santos, hoy en día su doctrina es incompatible con la visión que hemos alcanzado en la reflexión bíblica y teológica, pues va directamente contra el mandato de Dios de “Sean fecundos y pueblen la tierra” (Gn 1,28). Esta postura busca también apuntalarla sobre supuestas revelaciones privadas en las que la Virgen pide que no se reciba la comunión en la mano, so pena de ofender a Dios.

Como ya lo aclaramos, a Dios lo ofendemos con nuestro corazón. Además, debemos recordar que todas las revelaciones privadas deben ser aprobadas por la Iglesia y para ello deben de estar en concordancia con la Sagrada Escritura y con el Magisterio.

Muchas estas revelaciones no han sido aprobadas por la Iglesia y ni siquiera sabemos con certeza de dónde vienen. Lo que si podemos decir es que no provienen de Dios, pues Dios es un Dios de unidad. El demonio es el que viene a dividir, acción que ha hecho desde el paraíso pasando por el pueblo de Israel y ya en nuestra iglesia no ha cejado de hacerlo.

Baste recordar a Arrio (+336) y Nestorio (+451) en los inicios de la Iglesia y ni qué decir de Lutero en el siglo XVI que todavía mantiene dividida la Iglesia. Su obra no para como lo vemos con Mons. Marcel Lefebvre en el siglo pasado, y ahora con estos movimientos integristas que continúan impulsando la desobediencia y la rebeldía.

Obedezcamos las normas de la Iglesia que es nuestra Madre y que en este momento apremiante de la humanidad busca cuidar a sus hijos e hijas buscando evitar una catástrofe, pues si Italia y USA han tomado medidas DRASTICAS y cuentan con un sistema de salud estable, imaginen lo que pasaría en países como el nuestro si se desata la epidemia y miles de personas son infectadas. El precario sistema de salud se colapsaría y serían miles o millones los que morirían, pues este virus tiene una capacidad de transmisión increíble.

Dios es un Dios de orden y recordemos lo que nos dijo nuestro Señor: “El que los escucha (obedece) a ustedes a mí me escucha (obedece)” (Lc 10,16).

Ernesto María Caro
Marzo 2020