Manual de instrucciones para abandonarse en Dios

Manual de instrucciones para abandonarse en Dios

Publicado el 20/05/2020
Equipo Editorial HN


Todos los nadadores socorristas lo saben: cuando prestan auxilio a alguien que está ahogándose, el principal peligro viene de los nerviosos esfuerzos del auxiliado. 

El miedo, la voluntad de mantenerse a flote cueste lo que cueste, le conducen a menudo a realizar gestos descoordinados.

Forcejea o se aferra desesperadamente a su salvador, lo cual es el medio más seguro de impedirle que nade. 

Así nos comportamos a menudo con respecto al Señor. En vez de dejarle que nos salve, intentamos dirigir las cosas a nuestra manera.

Por miedo o por orgullo –a menudo ambos a la vez– nos negamos a permitirle actuar en nosotros, a abandonarnos con confianza. 

Como un ahogado que intenta respirar, todas las personas buscan la felicidad. Es un deseo grabado profundamente en nosotros. 

Este deseo es bueno porque viene de Dios, pero ¿creemos realmente que Él sabe mejor que ningún otro lo que es necesario para nuestra felicidad y la de nuestros hijos?

El abandono no es ni cobardía ni pereza

Cuando nos negamos a abandonarnos al amor de Dios es como si Le dijéramos: “Yo sé mejor que tú lo que necesito, lo que mi familia necesita”. 

Somos como el ahogado que niega la ayuda que se le ofrece porque tiene miedo e intenta mantenerse en la superficie a cualquier precio sin ver que su salvador sabe mejor lo que hay que hacer para volver a tierra firme. 

Sin embargo, tampoco podemos esperar la salvación con el pijama puesto.Dios nos respeta demasiado como para darnos una felicidad precocinada.

Quiere incluirnos en su obra de amor y nos da una voluntad, una libertad y múltiples talentos para construir el Reino. 

No obstante, todos esos talentos no deben hacernos olvidar que no podemos hacer nada por nosotros mismos. Lo recibimos todo del Señor: sin Él, no somos nada y no podemos nada. 

Cada vez que olvidamos esto, nos negamos a abandonarnos. Confundimos con frecuencia independencia y libertad al afirmar: “No necesito a nadie, me desenvuelvo muy bien solo”. 

Nos tomamos por personas muy fuertes y muy capaces cuando somos –fundamental y radicalmente– unos pobres necesitados.

Pero hay otro peligro: el Maligno. Como es muy hábil, intenta siempre tentarnos disfrazando el mal bajo la apariencia del bien. 

Así, el perezoso estará tentado de justificar su indolencia con un pretendido abandono a la Providencia: “No merece la pena que me fatigue, porque Dios cuidará de nosotros”. 

El cobarde razonará de la misma forma al refugiarse en la oración para evitar afrontar el riesgo de los compromisos concretos, con lo que implican de oposiciones inevitables: “Señor, cuento contigo sobre todo porque no quiero que me pidas que intervenga”. Pero el abandono no es ni pereza ni cobardía. 

En la realidad

La Encarnación nos pone los pies en la tierra y no hay otra manera de encontrar y servir al Señor que viviendo el día a día hasta en los aspectos más concretos. 

No basta con repetir: “¡Señor, Señor, gracias por cuidar de nosotros!”. Por supuesto, la alabanza es la oración también de quien se abandona al amor de Dios, pero el único medio de verificar la autenticidad de esta alabanza es confrontarla con la realidad.

Hay que plantearse las preguntas apropiadas: “¿Alabo a Dios solamente durante los momentos de oración o esta alabanza cambia la manera en que voy a tratar mis asuntos profesionales, abordar las dificultades familiares, recibir las preocupaciones económicas, realizar mis proyectos de futuro, etc.?”.

“Y [Jesús] dijo: ‘Les aseguro que si ustedes no cambian o no se hacen como niños, no entrarán en el Reino de los Cielos’” (Mt18,3). 

Si no aceptamos abandonarnos con la confianza absoluta de un niño pequeño, si no consentimos dejarlo todo en manos del Padre –todos nuestros deseos, nuestros proyectos, nuestras preocupaciones, aquello que amamos e incluso nuestros pecados– no podremos entrar en el Reino de Dios. No podremos disfrutar la felicidad del Reino, prometida aquí abajo a los que tienen el corazón de los pobres.

Por Christine Ponsard