Frente a la crisis, ¿qué estilo de vida seguir? (Primera parte)

Frente a la crisis, ¿qué estilo de vida seguir? (Primera parte)

Publicado el 21/10/2019
Equipo Editorial HN


Siempre pensamos que la solución tienen que encontrarla los políticos... pero ¿somos conscientes de que a todos nos toca "apretarnos el cinturón"?

Cuando se avecinan momentos de crisis, la cuestión de cómo la vamos a hacer frente se convierte en un punto de los más relevantes en el orden económico. No obstante, y a pesar de su importancia, en lugar de buscar una respuesta también en lo personal, se suele desviar la responsabilidad al grupo, a la política y a la sociedad.

Lo habitual es confinar la pregunta al ámbito de qué políticas va a llevar a cabo el gobierno de turno para capear el temporal.  Convertimos a nuestros gobernantes, equipados de medios y técnicos, en gurús que deben marcar el camino para resolver el problema. Un problema económico y social debe tener una respuesta política, pero obviamos implicaciones en el orden individual. 

En consecuencia, la solución poco creativa y muy reiterada por los gobiernos es que la población se ajuste el cinturón, asuma sacrificios y eche mano de voluntad y resiliencia.  Son necesarios recortes para salvarnos, nos repiten. Y a regañadientes no podemos rechazar el veredicto. La población acaba asumiendo la socialización de los costes de la crisis y siente la injusticia de que los beneficios previos nunca se socializaron. 

Y se acaba acatando principalmente porque es demasiado caro rebelarse con indignación suficientemente aglutinada y organizada. Así pasó con los rescates bancarios tras la crisis del 2008, con los indignados y con la recuperación económica. Y así se repite crisis tras crisis. 

Tal vez, de cara a la siguiente que se avecina debamos plantearnos, más allá de la responsabilidad social, si podemos aprender algo en el orden de lo individual. Para tal efecto, es necesario partir de lo que se considera paradigma actual sobre cómo funciona el hombre en su comportamiento económico.  Lo que denominamos el modelo antropológico del homo economicus. 

Según este modelo comúnmente aceptado, el ser humano dispone de preferencias conscientes sobre los bienes y servicios a la par que se ve aquejado de una serie de necesidades a cubrir. Ante la escasez, desde la VOLUNTAD y LIBERTAD, la administración de bienes y servicios (lo que denominamos economía) consiste en combinar racional y conscientemente las preferencias (que expresan lo que QUEREMOS) y posibilidades presupuestarias (que expresa lo que PODEMOS) para tomar una elección.

En consecuencia, la elección es una acto libre, consciente y racional que confronta de forma eficiente QUERER y PODER. De todo esto, se deriva que ante una crisis, es decir, ante una contracción del espacio de posibilidades, desde la libertad y la voluntad deberíamos modificar las decisiones al nuevo conjunto buscando maximizar las preferencias. Bajo esta forma de entender la elección económica, el centro es el homo economicus y la clave es su libertad y voluntad plenamente consciente.

Esta visión que ha podido ser útil, implicaría que el mercado como instrumento al servicio del decisor económico va a facilitarle productos y/o servicios que puedan satisfacer sus necesidades. Desde la teoría económica se demuestra que el mercado es el mecanismo más eficiente para la asignación sin tener que vulnerar la libertad individual. (Un dictador benevolente puede ser eficiente en sentido estricto para la asignación de bienes y servicios entre la población, pero a costa de mermar la libertad individual).

Si toda esta visión es cierta y se ajusta perfectamente a la realidad, entonces, ¿por qué tras la salida de la crisis del 29 se optó por la obsolescencia programada? No es lógico que un producto que pueda satisfacer las necesidades en un horizonte de tiempo largo se le aplique trabajo y horas de esfuerzo para acortar su vida útil, para restarle valor añadido. 

En su momento se adujo que la satisfacción definitiva de las necesidades paralizaba la economía productiva. De ahí el salto a que la insatisfacción perpetuada facilita la creación de riqueza es un simple paso. 

Desde entonces, este concepto ha ido evolucionando y las grandes corporaciones han ido transformando su oferta de productos o servicios en la generación de marcas, estilos de vida y modas. Los anuncios actuales no ofrecen un refresco, ofrecen un sentido o una forma de vivir con el que identificarse. No venden un coche, sino un modelo de vida en el que encajar. No venden una prenda de ropa, sino un estilo y una moda. No venden un yogur o una margarina light, sino una vida saludable. 

Cada vez más, las características del producto quedan en segundo plano para destacar la venta de un estilo de vida. Es habitual encontrar en letra pequeña que ese producto light al final no es tan saludable porque tiene grasas saturadas difíciles de metabolizar o que las supuestas bondades del lácteo inmunizador no tienen base científica. Pero nos sentimos bien con el estilo que nos venden y nos identificamos. 

Si ya no se venden productos sino estilos ¿es posible que el centro del modelo económico ya no sea el individuo y la satisfacción de sus necesidades? Si lo fuera, la provisión de bienes y servicios se realizaría hasta colmar necesidades; la producción se adaptaría al individuo y dispondríamos de mayor cantidad de bienes de larga duración. 

Pero un consumidor satisfecho es uno de los miedos peores para nuestra economía capitalista que vería caer su rentabilidad con un gran nivel de incertidumbre, a la espera de que apareciera una nueva necesidad a satisfacer. A lo largo del siglo XX las grandes corporaciones se dieron cuenta que debían suscitar las necesidades y no esperar a que surgieran.

Para hacer frente a la crisis desde el plano personal, tendremos que reconsiderar lo que creemos acerca de cómo funcionan nuestras decisiones económicas y reconquistar la capacidad de gobernar nuestras necesidades. En próximos artículos desglosaremos cómo funciona nuestra decisión económica e iremos analizando qué estrategias podemos utilizar para que, de cara a la siguiente crisis, seamos dueños de nosotros mismos y no simplemente consumidores esclavos de otro estilo de vida impuesto.