Aprovecha la vejez, porque el cielo podría esperar

Aprovecha la vejez, porque el cielo podría esperar

Publicado el 16/11/2019
Equipo Editorial HN


Mi madre, como cualquier ser humano, ha vivido aciertos y errores, alegrías y pérdidas. Su camino hacia la madurez  logró cultivar una sólida fortaleza personal.

Lo demostró cuando murió mi padre al final de una larga vida compartida, pues para ella resultó muy doloroso el hecho de que también había desaparecido un futuro común.

Por eso, cayó en un abatimiento que a duras pruebas lograba sobrellevar. Fue un duelo que provocó en ella el más oscuro eclipse de personalidad, tal que parecía que ya nunca volvería a ser la misma.

Luego, después de una de las visitas a las cenizas de mi padre, y apenada consigo misma, reaccionó con el propósito de seguir viviendo intensamente, y sobre todo, luchando por aumentar su integridad, pues no se sentía “tan buena persona”. 

Lo sé porque más de una vez me ha abierto su corazón. 

Ahora en los setenta y… más años, es de una vitalidad llena de afectos y de planes, por lo que un día, orgullosa, al despedirme le dije: — ¡Mamá, cuán merecido tienes el cielo!  —a lo que de inmediato contestó con la más picara de sus sonrisas: “Hija, ¡el cielo puede esperar!”

Sí, puede esperar, reflexionaba en el silencio mientras conducía de regreso a casa profundizando en el sentido de su frase. Vino a mi memoria su consejo: “Busca en tu corazón para saber lo que realmente vale la pena vivir”. 

Y recordé cuando sugirió con entusiasmo a sus amigas, a las “chicas del coro” como suele llamarlas, que participaran en las actividades de beneficencia que ella encabeza.

Entonces, sus amigas simplemente opinaron positivamente sobre sus iniciativas sin perder la concentración en el juego, para luego girar sus conversaciones hacia los sucesos de su entorno social, como bodas, nuevos noviazgos, tal despedida de soltera…

Es fácil interpretar que piensan que ya se esforzaron lo suficiente, que formaron bien una familia, que dejaron atrás las estrecheces, y que están para posicionarse y descansar en el merecido remanso de sus vidas.

Se sienten en la “edad de oro”, como ellas la entienden, mientras que mi madre por lo bajito, le llama la edad de la “inercia de la mala”, donde erróneamente el adulto mayor se ubica en una zona de confort y seguridad, sin arriesgarse ya física, mental, emocional, social o psicológicamente, con metas novedosas y retadoras por no resultarles familiares, y que impliquen nuevos ajustes en sus vidas.

Mi madre con otra visión de su edad, se preparó bien para abandonar a tiempo los espacios en el que empezaba a sentirse simplemente cómoda y segura, agradeciendo y sin aceptar, atenciones y apoyos que aún no necesitaba.

Y comenzó entonces a vivir ligera de equipaje, para aprovechar al máximo todas las posibilidades y recursos que ha acumulado en su experiencia, como el mejor modo de vivir los últimos años de su vida, sin nostalgias inútiles, y dispuesta a recordar solo lo útil de su pasado. 

Así, de acuerdo a su frase: “hasta que el cuerpo aguante”, aun conduce su auto, hace su caminata diaria, se maquilla con decoro, da charlas de formación en su parroquia, hace visitas a enfermos, toma clases de enfermería, y más… rechazando los prejuicios sociales sobre los adultos mayores.

Fue hace pocos años en una excursión de campismo, que en cierto momento, extenuadas, le sugerí detenernos y descansar para regresar, más ella insistió en seguir hasta ascender a una colina desde la que pudimos descubrir el más hermoso paisaje del día.

Así es mi madre, siempre un poco más… y valdrá la pena.

Por tal motivo tiene la humildad de pedir consejo, aun a personas más jóvenes, afirmando que siempre se puede ser mejor amiga, madre, ama de casa, abuela, maestra, profesionista; más caritativo y generoso … para así descubrir nuevos y bellos relieves en las cosas, los sucesos, las personas.

Esperando en Dios.

Por eso no tiene empacho en afirmar que no tiene prisa en irse de este mundo y abandonar el tiempo de merecer, pues para ella, cada día es más gloria por ganar.

Y, siendo así, el cielo puede esperar.

“La vejez es un viaje ligero y sin carga, desechando la auto compasión y el debilitamiento de propósitos, generando luz, mucha luz para el camino, disfrutando la obscuridad para recordar a los que ya no están, aflojando el paso y re confirmando la decisión, liberando el desafío y sometimiento y buscando que cada paso, por débil que sea muestre la voluntad de poder”.   E. Erikson.