“Espejito, espejito, dime si me parezco al Señor”

“Espejito, espejito, dime si me parezco al Señor”

Publicado el 22/11/2019
Equipo Editorial HN


¿Probablemente recuerdan a esta hermosa y malvada reina de la historia de Blancanieves? Todos los días cuestionaba su espejo. Le pedía que le dijera quién era la más hermosa. Y el espejo que no podía mentir le dijo un día que existía una mujer más hermosa que ella.

La reina se entristeció tanto que decidió suprimirla. No se imaginen que la reina de este cuento es la única   que cuestiona su espejo. ¿Quién puede pretender que no necesita un espejo que refleje una imagen que le guste? Cuestionamos nuestros espejos, nos miramos en el mismo espejo, nos observamos de mil maneras. ¿Por qué? Para ver si todo está bien. Ver si la realidad corresponde a la imagen que tenemos de nosotros mismos. Tenemos tanto miedo de no corresponder a la imagen que nos gustaría dar. Necesitamos que alguien, el espejo por ejemplo, nos diga: “¡Eres muy hermosa! ¡Estás bien dispuesta! ¡Tu imagen es impecable!”. Tenemos tanto miedo de olvidarnos de este pequeño detalle por el cual los demás nos juzgarán, que los hará sonreír, los comentarios a nuestras espaldas, las risas cuando nos vamos. Básicamente todo lo que hacemos por los demás, pero tenemos mucho miedo de que lo hagan por nosotros mismos.

La mirada de los demás 

En secreto, cuestionamos nuestro espejo. También lo interrogamos porque nos gusta observarnos. Encontramos un placer perverso en contemplarnos. Como no estamos seguros de que los demás nos aprecien, al menos podemos decirnos lo que nos gustaría escuchar de los demás. Así que puede ocurrir que hablemos con nuestro reflejo. Vigilamos esa imagen. Dependiendo del caso, nos tranquilizamos o nos lamentamos. Nos encontramos placenteros o nos odiamos.

La Biblia nos enseña que somos un reflejo de Dios en persona. Fuimos creados a la imagen de Dios. Guardamos la nostalgia de esta imagen. ¿Acaso el que examina su espejo no busca a Aquel a la imagen de quien fue creado? Está buscando, pero no lo encuentra. Le gustaría tener una imagen bella y perfecta, sin manchas ni arrugas. Sólo se encuentra con sus limitaciones e imperfecciones que no le gustan. Esto nos recuerda una de las frases más hermosas de San Pablo: “Nosotros, en cambio, con el rostro descubierto, reflejamos, como en un espejo, la gloria del Señor, y somos transfigurados a su propia imagen con un esplendor cada vez más glorioso, por la acción del Señor, que es Espíritu.” (2 Co 3:18). En el rostro de cada persona, podemos ver la marca de la gloria de Dios. Es una marca bien borrada, bien difusa, pero real.

Es el pecado el que desfigura, el que marca el rostro. Oscar Wilde evoca esta desfiguración en su novela, El retrato de Dorian Grey, en la que describe la decadencia de un hombre. Este hombre de gran belleza hizo un pacto con el diablo: siempre conservará el rostro de su juventud. Su rostro nunca reflejará sus malas acciones. No será él quien envejezca, sino un retrato de él, hecho en el esplendor de su juventud. Así que, a pesar de una vida de pecado, parece estar salvando apariencias. Al final, se impone la verdad. Cuando muere, encuentra su rostro desfigurado por una vida desordenada. Esta historia cuenta en negativo cómo debe ser la vida de un santo según el Señor.

Ver poco a poco el rostro del Señor sustituir al nuestro

El santo es el que acepta verse a sí mismo tal como es. Él se lamenta, no por las apariencias físicas, sino por las marcas del pecado. Al mirarse en el espejo, se ve a sí mismo tal como es. ¡Y no le gusta! Del mismo modo, cuando examina su conciencia, si se mira a sí mismo con verdad, si considera lo que ha hecho, lo que ha ocupado su mente, la vergüenza se apodera de él. Pero lejos de compadecerse , toma medidas para cambiar.

Lo que las coquetas hacen para arreglarse, el santo lo hace para borrar las arrugas del pecado, las manchas del mal, las huellas de sus malas acciones. El santo es aquel que, mirándose en el espejo, ve poco a poco el rostro del Señor Jesús sustituir al suyo propio. Son similares, porque ya no es él quien vive, sino Cristo quien vive en él. Ideal que pocos logran, pero es el objetivo asignado a todos.

Ya no es una cuestión de apariencias, sino de semejanzas. El que ama al Padre como Jesús lo amó, el que vive para los demás como la Madre Teresa, el que ya no se preocupa por lo que se piensa de él, el que acepta los acontecimientos como signos del Señor, el que toma su parte en los sufrimientos de Cristo, aquel estará en condiciones de discernir en su rostro los rasgos del Señor. Su espejo le devolverá un poco de la gloria de Dios. Y cuando muera, el hombre desfigurado por el pecado dará paso al hombre transfigurado por la gracia de Dios.

Fray Alain Quilici