Deja que María derribe los muros

Deja que María derribe los muros

Publicado el 12/12/2019
Equipo Editorial HN


María se detiene ante mí para que yo mire su rostro. Me conmueve su mirada de Madre que siempre acoge. Quiere que descanse en sus brazos. No me juzga, no me condena.

Acepta mi fragilidad. Ama mi pequeñez. Yo me detengo y la miro. 

Hay una advocación de María que siempre despierta mi alma de niño. En Madrid, durante la ocupación árabe, se escondió en los muros de la ciudad una imagen de la Virgen. 

Cuando se recuperó la ciudad trataron de encontrar esa imagen. Hicieron oraciones y procesiones pidiéndole a María que se mostrase al pueblo. 

Y así fue, una parte del muro se desprendió, y apareció escondida en su interior la imagen de María. Unas velas, que dejó encendidas la mujer que escondió la imagen, seguían ardiendo sin consumirse. Velando junto a María. Desde entonces se venera esta imagen como Nuestra Señora de la Almudena.

La imagen escondida en la muralla me conmueve. María rompe la muralla para acercarse a mí. Y esas velas ardiendo, dando luz, desde el interior de la muralla me hablan de la esperanza. 

Una luz invisible que no se consume y permanece oculta durante tanto tiempo. Pienso que esa luz la llevo yo dentro. La guardo, la protejo. 

Pongo un muro para guardarme de invasiones, de agresiones y desprecios. Un muro protector para que no me hagan daño. Un muro que me aísla y me consume por dentro. 

Pero súbitamente, el muro se desprende y cae ante mis ojos. El muro de mis defensas, de mis protecciones. Me veo vulnerable, desnudo ante el mundo que puede condenarme. 

Pienso en ese muro de mis miedos y vergüenzas que me tapa. Pienso en el muro de mis cobardías y traiciones, que me hace esconderme. 

Miro el muro de mi pecado y superficialidad, que no quiero que los demás vean. Me duele el muro de mis odios y orgullos que me separa de los hombres. Me avergüenza el muro de mis egoísmos y envidias, que me hacen tan esquivo. 

Sé que esos muros me protegen y guardan, al mismo tiempo que me matan. Esos muros son un freno a los intrusos, a los mirones, a los que me buscan sin descanso. Y al mismo tiempo me alejan de los hombres y de Dios. 

La voz de María logra que los muros caigan de golpe. Todos los muros que me cubren en mi desnudez. De repente se desploman.

Es el poder de la oración de María el que me libera de tantas ataduras en forma de muro. Ella los rompe para que me muestre sin tapujos, sin miedos. Su amor cubre mi desnudez. Ante Ella soy libre. Porque hay muros que no me hacen bien. Y hay sí, otro muro sagrado, el que teje María misma en mi alma. Leía el otro día: 

“El silencio es una barrera que devuelve al hombre una dignidad. Los monasterios protegen a la humanidad de las amenazas que pesan sobre ellas. ¡Cuántos hombres deberían imitarlos para hacer del silencio una barrera eficaz!”. 

El silencio de mi oración, de mi interioridad es sagrado. Es el corazón del templo de mi alma. Allí está María protegiendo lo más mío. Allí me muestro en mi verdad más pura ante Ella, porque es Ella la Reina de mi corazón. 

Los otros muros, los que me alejan de todos, esos pueden caer. Y entonces, cuando parece que estoy perdiendo mi protección, es cuando soy más verdadero, más libre, más niño, más de Dios. 

Es curioso, dejo de temer. Caen los muros que me protegen y aíslan al mismo tiempo y me siento más cerca de los hombres y de Dios. 

Caen los muros que me guardan y defienden y no tengo el miedo que tenía antes. Caen los muros que me salvan y condenan, y me siento dispuesto a ponerme en camino. 

Esos muros fruto de mi egoísmo pueden caer en mi vida. Porque los he construido casi sin darme cuenta. Para protegerme de los que son diferentes, de los que tienen el poder de hacerme daño. Para evitar que me molesten los que son molestos. Para que no me quiten mi tiempo, mi libertad, mi vida, mi espacio. 

Me acostumbro a los muros que me separan del que yo desprecio, ante el que soy indiferente. Tal vez se me ha pegado algo del menosprecio y la indiferencia que reinan en el mundo. 

Me he vuelto egoísta e indiferente ante el que sufre, ante el que no tiene. He menospreciado desde mi orgullo al que no es como yo. He huido de su vida enferma y herida porque no quería que me hiciera daño. 

María derriba los muros y la luz que reina en mi interior ilumina mi mundo. Dice la Biblia: “A vosotros, los que teméis mi nombre, os iluminará un sol de justicia y hallaréis salud a su sombra”.

El sol de Cristo, de María, ilumina mi vida. Y desde el muro santo de mi interioridad llevo la esperanza a los hombres. Entonces pueden caer los otros muros para poder ir así al encuentro del que me necesita. 

Pierdo el miedo. Me pongo en camino. Construyo puentes en lugar de murallas. Y toco la herida del que sufre a mi lado. Para calmar el dolor, para tender una mano al que más lo necesita. 

Miro a María que ha venido a rescatarme de mi soledad. Para que aprenda a amar en lo humano, a cuidar el templo sagrado de cada hombre. Para que respete su originalidad, su verdad, su vida herida. 

María quiere levantarme para que yo levante a los que están caídos junto a mí. Su sonrisa me da fuerzas. Su luz enciende con intensidad mi propia luz.