XXX Domingo de Tiempo Ordinario, Ciclo C

XXX Domingo de Tiempo Ordinario, Ciclo C

Escrito el 23/10/2019
Equipo Editorial HN


El fariseo y el publicano rezando ante Dios

Hoy terminamos la lectura de las cartas de Pablo a Timoteo. Y, además, con una página vibrante, que es como la despedida y el testamento de Pablo, ante la inminencia del final.

Jesús, en su camino hacia Jerusalén, nos da otra enseñanza sobre la oración: esta vez sobre la actitud humilde que hemos de tener ante Dios. La parábola del fariseo y del publicano, ambos orando en el Templo, es diáfana, y a todos nos conviene reflexionarla y examinarnos a su luz. No afecta sólo al modo de rezar, sino al modo de vivir la religiosidad en general.

Sirácida (Eclesiástico) 35,15b-17.20-22a. Los gritos del pobre atraviesan las nubes 

El libro sapiencial del Eclesiástico, o Sirácida, nos da hoy una enseñanza sobre las preferencias de Dios.

Si por alguien tiene Dios predilección es por los pobres y humildes: "escucha las súplicas del oprimido... sus penas consiguen su favor y su grito alcanza las nubes... los gritos del pobre atraviesan las nubes y no descansan hasta alcanzar a Dios". Es un mensaje que nos prepara a escuchar la parábola de Jesús sobre el pecador humilde que es escuchado por Dios.

El salmo insiste: "si el afligido invoca al Señor, él lo escucha". Es un salmo dirigido sobre todo a animar a los humildes. "El Señor está cerca de los atribulados". Si la lectura sapiencial hablaba de "gritos" de los pobres y humillados, el salmo también se hace eco de los mismos: "cuando uno grita, el Señor lo escucha y lo libra de sus angustias".

2 Timoteo 4, 6-8.16-18. Ahora me aguarda la corona merecida 

Ante la inminencia del final -"estoy a punto de ser sacrificado y el momento de mi partida es inminente"-, Pablo mira hacia atrás y se siente contento de cómo ha podido colaborar con Dios en su carrera de apóstol.

Con razón puede resumir su vida diciendo: "he combatido bien mi combate, he corrido hasta la meta, he mantenido la fe". Ahora confía en que Dios le concederá el premio: "me aguarda la corona merecida". Todo esto, no por méritos propios, sino por la ayuda de Dios: "el Señor me ayudó y me dio fuerzas para anunciar íntegro el mensaje".

Pablo expresa su confianza también por el futuro que le espera: Dios no le abandonará, como no le ha abandonado a lo largo de su azarosa vida de apóstol.

Lucas 18, 9-14. El publicano bajó a su casa justificado; el fariseo, no 

Lucas nos dice a quién va dirigida la "parábola" (o mejor, el "relato ejemplar") de hoy sobre la oración: "dijo Jesús esta parábola por algunos que, teniéndose por justos, se sentían seguros de sí mismos y despreciaban a los demás".

No les gustaría nada a sus oyentes fariseos el retrato que hace Jesús de los dos orantes que acuden al Templo: el publicano que es escuchado por Dios, y el fariseo, tan lleno de sí mismo, que baja como había entrado. Porque "el que se enaltece será humillado y el que se humilla será enaltecido".

Dios escucha a los humildes 

Ya el sabio del AT decía que Dios tiene cierta parcialidad a favor de los pobres y humildes: "escucha las súplicas del oprimido". Y el salmo lo repetía: "si el afligido invoca al Señor, él lo escucha... el Señor está cerca de los atribulados". Jesús lo reafirma: "el que se enaltece será humillado y el que se humilla será enaltecido".

Nuestra postura ante Dios no puede ser de orgullo y autosuficiencia, sino de humilde sencillez. Hace dos domingos nos decía Jesús que no "pasemos factura" por lo que hemos conseguido: "hemos hecho lo que teníamos que hacer". El domingo pasado nos invitaba a saber ser agradecidos, reconociendo lo que Dios hace por nosotros. Hoy nos disuade de adoptar una actitud de soberbia y engreimiento, en nuestra oración y en nuestra vida.

A veces, esta oración humilde de los "atribulados" se convierte en grito. Todos tenemos la experiencia de que hay días en que nos sale espontánea la oración de gratitud y alegría, de alabanza y euforia, y que hay otros en que nos saldría más a gusto un grito de angustia o incluso de protesta ante Dios. Es como cuando Jesús, en la cruz, gritó: "Dios mío, ¿por qué me has abandonado?".

Las lecturas de hoy nos quieren infundir confianza, sobre todo, para esos días aciagos. Decía el Sirácida que "los gritos del pobre atraviesan las nubes y hasta alcanzar a Dios no descansan". El salmo también nos asegura: "cuando uno grita, el Señor lo escucha y lo libra de sus angustias". Jesús nos dice que el humilde publicano "bajó a su casa justificado".

¿Dónde estamos retratados: en el fariseo o en el publicano? 

La parábola de hoy expresa claramente la postura de dos personas y dos estilos de oración (y de actitud vital). Jesús no compara un pecador con un justo, sino un pecador humilde con un justo satisfecho de sí mismo y que mira por encima del hombro a los otros.

El fariseo es buena persona, cumple como el primero, no roba ni mata, ayuda cuando toca y paga lo que hay que pagar. Pero no ama. Está lleno de su propia santidad. Se le nota cuando está ante Dios y cuando se relaciona con su prójimo. Es justo, pero con poca fe y humildad dentro. Está orgulloso de sus virtudes, y da gracias a Dios por lo bueno que es... él, el fariseo. No tiene nada por lo que pedir perdón. Al revés: enumera con gusto la lista de sus virtudes y sus méritos. Jesús dice que este no sale del templo perdonado.

Mientras que el publicano, que es pecador, se presenta humildemente como tal ante el Señor. Es pecador, pero tiene mucha fe. Este sí sale salvado del Templo.

¿En cuál de los dos personajes nos sentimos reflejados: en el que está contento y seguro de sí mismo y desprecia a los demás, o en el pecador que invoca el perdón de Dios? Si somos como el fariseo, no le dejamos actuar a Dios en nuestra vida: ya actuamos nosotros. Si fuéramos conscientes de las veces que Dios nos perdona, tendríamos una actitud distinta para con los demás, no estaríamos tan pagados de nuestros méritos, y nuestra oración (y nuestra vida) sería más cristiana.

El publicano, por su parte, tal vez no era muy dado a rezar, pero el día que se decidió a ir al Templo, oró de una manera que Cristo le alabó. Jesús no nos está invitando a ser pecadores, sino a ser humildes, y no presentarnos ante Dios (e ir por la vida ante los demás) pregonando nuestras virtudes y nuestras buenas obras. Los que son ricos no piden nada. Los que se creen sabios, no preguntan nada. Los que se saben perfectos, no tienen que pedir perdón por nada. A ver si pronto o tarde se cumplirá también en nosotros lo de que "el que se enaltece será humillado".

La Virgen María, en su Magníficat, se presenta no como el centro de todo, sino como el objeto de la misericordia de Dios: "ha hecho en mí cosas grandes... ha mirado la humildad de su sierva". También ella formula casi igual que luego su Hijo las preferencias de Dios: "derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes".

Pablo, ¿orgulloso de sí mismo? 

Parecería, al leer la página de hoy en la carta a Timoteo, que el apóstol Pablo es consciente de sus propios méritos, y así chocaría con lo que escuchamos en el evangelio.

En efecto, Pablo puede resumir su vida, sin falsa modestia, diciendo que ha combatido bien el combate de la fe y que ahora le "aguarda la corona merecida". Los que leemos, sobre todo en los Hechos de los Apóstoles, su dinámica vida de apóstol, sabemos que no es ninguna exageración hacer un resumen así de todas sus aventuras y sus sufrimientos por Cristo.

Pero ciertamente no cae en el defecto del fariseo que se vanagloriaba ante Dios en su oración. Ante todo, Pablo reconoce que ese premio que Dios prepara no es para él: "y no sólo a mí, sino a todos los que tienen amor a su venida". Sobre todo, reconoce que "el Señor me ayudó y me dio fuerzas... él me libró de la boca del león". También para el futuro, "el Señor seguirá librándome de todo mal. A él la gloria por los siglos de los siglos".

No es autosuficiencia, sino gratitud ante lo que Dios le ha permitido hacer para bien de las comunidades cristianas y para la evangelización del mundo.

Empezamos cada Eucaristía con un acto de humildad 

En cada Eucaristía, normalmente, empezamos la celebración con el acto penitencial: "Yo confieso... Señor, ten piedad... Cristo, ten piedad". Nos sentimos pobres en presencia del Dios que es rico en todo. Ignorantes en la presencia del Maestro. Pecadores, comparados con el Todo Santo. Por eso expresamos con sencillez de hijos nuestra súplica y nuestra confianza. Para que, ya desde el inicio, nuestra celebración no esté centrada en nuestros méritos, ni tampoco en nuestros fallos, sino en la bondad de Dios.

También cuando decimos la oración del "Yo confieso", imitamos al publicano a quien alabó Jesús. Dándonos golpes de pecho expresamos, ante Dios y "ante vosotros, hermanos", que somos pecadores: "por mi culpa...". No está mal que, de cuando en cuando, nos peguemos golpes de pecho reconociéndonos débiles y pecadores.

Entonces mereceremos la alabanza de Jesús y será escuchada nuestra oración. Si en la presencia de Dios somos capaces de decir "por mi culpa", seguro que no seremos luego altaneros e intolerantes con los demás. El que dice "lo siento" ante Dios, lo sabe decir también ante el prójimo.