Primer martes de Adviento

Primer martes de Adviento

Escrito el 03/12/2019
Equipo Editorial HN


(Isaías 11,1-10; Salmo 71; Lucas 10,21-24)
«Dichosos /os ojos que ven lo que vosotros veis! Porque os digo que muchos profetas y reyes desearon ver /o que veis vosotros, y no lo vieron; y oír lo que oís, y no lo oyeron».
(Lucas 10,24)

LA ESCUCHA
El Adviento es tiempo de expectación, de atenta escucha de la Palabra anunciada. Lo que no se oye dentro, se olvida. Solo aquello que se graba en las entrañas permanece.

En este tiempo resuenan las respuestas más transformadoras: «Habla, Señor, que tu siervo escucha»; «Hoy, cuando escuchéis la voz del Señor, no endurezcáis el corazón»; «He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu Palabra».

La comprensión del mensaje no se consigue por mandato de la mente, sino por la recepción en obediencia. La Regla de San Benito comienza con la llamada más transformadora: «Escucha, hijo, los preceptos del maestro, y préstales el oído de tu corazón».
Jesús llega a dar gracias a su Padre Dios, porque ha revelado «estas cosas» a los pequeños, humildes y sencillos, y las ha ocultado a los entendidos y a los que pretenden dominar y poseer la verdad.

La escucha significa apertura, receptividad, deseos de aprender, conciencia de necesidad, acogida del otro. No se trata de inventar el mensaje, ni de proyectar el deseo, sino de percibir sobrecogidamente la voz interior, la que vibra en las entrañas y transforma la existencia.
Para ser testigo, dice el profeta, hay que haber escuchado directamente el testimonio. «No juzgará por apariencias ni sentenciará solo de oídas». Cuando la Palabra toca el corazón, no se inventa; quizá se balbucea, porque se hace difícil poder expresar el contenido de lo que se ha oído en el hondón del alma.

LLAMADA A LA CONVERSIÓN
¿Tienes actitud de escucha? ¿Hablas de oídas? ¿Manipulas tu conciencia? ¿Obedeces las insinuaciones del Espíritu Santo? ¿Te has propuesto en este tiempo escuchar, leer, meditar, orar, contemplar la Palabra?

ORACIÓN
Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y a los entendidos, y las has revelado a la gente sencilla. Sí, Padre, porque así te ha parecido bien.