Evangelio del Día - Sábado 16 de mayo 2020 - Nos gloriamos en la cruz de nuestro Señor Jesucristo

Evangelio del Día - Sábado 16 de mayo 2020 - Nos gloriamos en la cruz de nuestro Señor Jesucristo

Escrito el 16/05/2020
Equipo Editorial HN


Evangelio del día

Lectura del santo evangelio según san Juan 15, 18-21

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Si el mundo os odia, sabed que me ha odiado a mí antes que a vosotros.
Si fuerais del mundo, el mundo os amaría como cosa suya, pero como no sois del mundo, sino que yo os he escogido sacándoos del mundo, por eso el mundo os odia.
Recordad lo que os dije: “No es el siervo más que su amo”. Si a mí me han perseguido, también a vosotros os perseguirán; si han guardado mi palabra, también guardarán la vuestra.
Y todo eso lo harán con vosotros a causa de mi nombre, porque no conocen al que me envió».

Reflexión del Evangelio de hoy

Dejemos que el Espíritu de Dios nos guie

La narración de los viajes de San Pablo nos llena de admiración por su vocación inquebrantable en el seguimiento de Jesús. Su celo por proclamar el evangelio y hacer conocer el mensaje salvador que Jesús ha traído a las naciones, no le retiene en ningún sitio. En este relato de los Hechos de los Apóstoles, Lucas nos muestra a Pablo en Listra reclutando a Timoteo por medio de la circuncisión (son los primeros tiempos), y trasmitiendo el kerigma de los apóstoles de Jerusalén.

Pablo hace Iglesia, intenta robustecer la fe de los creyentes en el Jesús resucitado y aunarlos en la comunión fraterna por medio del Espíritu. El mismo Espíritu que le lleva a dirigirse hacia la Macedonia griega, donde le impulsa la visión que el Espíritu suscita mediante un sueño en que un macedonio le ruega su presencia. Pablo es el mensajero de la Palabra, el servidor de Dios, el predicador del evangelio. El compromiso con Jesús es algo personal, una imperturbable disposición a darlo a conocer, a trasmitir su enseñanza. Pablo quiere instaurar el Reino de Dios y su mensaje de esperanza para todas las naciones. Ni la muerte, ni el pecado, ni las vanidades del mundo tienen la última palabra. Cristo ha resucitado y nos ha entregado una nueva vida en un Dios que es amor y a la que todos estamos llamados. Y esa vivencia la tiene tan interiorizada, que constituye su nueva personalidad: No soy yo, es Cristo quien vive en mí.

Nos gloriamos en la cruz de nuestro Señor Jesucristo

El seguimiento que Jesús quiere para sus discípulos está fuera de las coordenadas y categorías que el mundo presenta. Cuando Jesús le pide al joven rico dispuesto a seguirle “deja todo, dalo a los pobres, ven y sígueme”, nos está marcando la pauta del seguimiento a todos los creyentes. No somos del mundo, no podemos estar sujetos a sus vanidades y tiranías, ni los criterios de valor y comportamiento pueden ser los del mundo. Ni el carpe diem que preconizan las propagandas publicitarias ni el sálvese quien pueda o mi beneficio es ante todo, valen para un seguidor de Jesús. Ya nos lo dice Juan en este evangelio: “si a mí me han perseguido, también a vosotros os perseguirán”.

Seguir a Jesús es cargar con la cruz de cada día, conocer y vivir la vida desde las enseñanzas de Jesús. Poner el amor de Dios Padre por encima de todo otro valor, tarea o decisión, es decir, vivir desde el evangelio. Y más aún, anunciar el evangelio a todas las naciones. Y ¿cuál es el evangelio de Jesús? La instauración del Reino de Dios que es amor, es libertad y paz.

Un mensaje que contradice el egoísmo, el pragmatismo o el avasallamiento que el mundo busca en el poder y el dinero, como hitos de realización personal. Los cristianos estamos llamados a realizarnos sobre todo en el amor a los demás. Desarrollar todos nuestros carismas y virtudes como compromiso con el propósito que Dios tiene para cada uno de nosotros en la construcción de nuestra sociedad.

Nuestra vocación es una llamada al servicio, a conseguir la fraternidad universal, a la justicia, a la solidaridad, y al fin a la paz. Somos mensajeros de paz y esperanza. No podemos olvidar que el mensaje de Dios es un mensaje de salud y salvación. Que Dios vigila y actúa en nuestra historia a través de nuestras manos y nuestros actos. Ese celo de vivir inmersos en Cristo resucitado es el que ha de motivar y dirigir nuestros actos y reforzar nuestra entrega.

  • ¿Hemos resucitado a este mundo de esperanza y solidaridad al que nos invita el Señor, con su nueva Creación?
  • Seamos actores de la verdadera Voluntad de Dios hacia el amor y la Paz.