Primera semana de Adviento - La travesia del desierto

Primera semana de Adviento - La travesia del desierto

Escrito el 01/12/2019
Equipo Editorial HN


Para esta semana te propongo la referencia al desierto como espacio identificador de los que han recorrido el camino de la vida con sabiduría. En los diferentes relatos patriarcales y proféticos, el desierto es la travesía esencial necesaria que debieron hacer todos los que sintieron la llamada a salir de su tierra hacia la que el Señor les deseaba mostrar. «En el desierto erraban, por la estepa, no encontraban camino de ciudad habitada; hambrientos, y sedientos, desfallecía en ellos su alma. Gritaron al Señor en su apuro, y él los libró de sus angustias, les condujo por camino recto, hasta llegar a ciudad habitada» (Salmo 107,4-7).

En el desierto dominan el cielo raso, sin nubes, y la tierra árida, desnuda, materia apta para el acto creador. El sol de plano hace presente la mirada invisible de quien, lleno de amor, dispuso, en un gesto supremo de generosidad, crear otros seres para que participaran del don de la existencia y de la vida.

La tierra, bañada por la luz, se siente contemplada por su Creador y acariciada por el viento del Espíritu. El barro y toda tierra llevan dentro de su esencia la vocación de ser, en manos del Alfarero, la materia prima de la humanidad. El desierto es la tierra nativa de cada ser humano, que nos permite habitar en el lugar entrañable de cuya materia fuimos hechos.

Vivir sin tierra es un despojo doloroso, que desestabiliza el corazón y la mente. Habitar la tierra propia es el don que familiariza a las personas. Al vivir en el desierto, la vibración del corazón detec ta, aun sin saberlo, el origen de la historia, las manos creadoras que lo formaron.

Don del desierto es sentir constantemente el acompañamiento de los dos testigos de la creación, el cielo y la tierra, mediación del acompañamiento permanente de la mirada divina y de la propia fragilidad. Solo cuando el barro permanece en manos del Alfarero no es irremediable la fragilidad. Las manos artesanas del Creador rehacen la vasija del ser humano y así la capacitan para recibir el don de la llamada.

En el desierto, el silencio y la soledad, la luz y el viento son compañeros de peregrinación. Durante la estancia o en la andadura, estremecen a la vez la voz interior más sublime y la de los propios instintos; se respira la anchura de la libertad y el deseo de dejarse hacer, moldear por la voluntad amorosa de Dios.

El desierto es el espacio regenerador, tramo que nos libera, donde los sucesos son providencia, donde todo se revaloriza, a la vez que se vuelve relativo. Es tiempo autentificador, tregua necesaria para objetivar la intención, para dar lugar al retorno y atravesar la prueba esencial para llegar a la plenitud.

En el desierto, el silencio se palpa, es respiración, arropo, cobijo, manto que envuelve con extrema suavidad; es melodía, susurro, gemido que deja gustar la compañía del ritmo de los pasos y el sabor de lo indecible, y hasta se perciben los aromas que anticipan la presencia.

En la soledad del desierto se oye la llamada más fascinante a entrar más adentro, se llega a conocer que uno está hecho para el Absoluto, y es la puerta de la relación más íntima con Dios. En la soledad las personas llegan a divinizarse.

Al desierto se va por obediencia. Abraham salió de su tierra siguiendo la llamada. A Jesús le llevó al desierto el Espíritu Santo. Israel fue conducido durante cuarenta años a través de la aridez del yermo; allí le llamó Dios para hablarle al corazón. El desierto es un lugar donde se forja el creyente, se discierne la rectitud de intención del que decide el seguimiento del Evangelio, se acrisola la voluntad y se purifica el deseo de los que se dirigen hacia lo que sienten como llamada y forma de vida. Al desierto se es conducido por la Palabra, por la voz interior, por los acontecimientos. No se va por propia voluntad.