Primer lunes de Adviento

Primer lunes de Adviento

Escrito el 02/12/2019
Equipo Editorial HN


(Isaías 2,1-5; Salmo 121; Mateo 8,5-11)
«Venid, subamos al monte del Señor, a la casa del Dios de Jacob».
(Isaías 2,5)

EL SILENCIO
Al emprender como peregrinos el itinerario del Adviento, la liturgia nos propone como meta «el monte del Señor», «la casa del Dios de Jacob», el santuario de Jerusalén. Si iluminamos el sendero, que llega hasta la cima del templo, con las palabras de Jesús «Mi casa es casa de oración», comprenderemos mejor la necesidad de avanzar de manera atenta, consciente, orante, para lo cual es muy favorable emprender la marcha en silencio, aunque también cabe subir cantando, como dice el salmista que hacían los peregrinos: «Qué alegría cuando me dijeron: vamos a la casa del Señor» (Salmo 121,1- 2), pero a su vez con los sentidos internos atentos.

El silencio expresa respeto, admiración, sobrecogimiento, conciencia de habitar en un espacio sagrado o de estar ante el Señor, a la espera. De alguna manera es la reacción del personaje que se acerca a Jesús a pedirle por su criado enfermo, y ante la propuesta del Maestro de bajar hasta su casa, el centurión responde: «Señor, no soy quien para que entres bajo mi techo. Basta que lo digas de palabra, y mi criado quedará sano» (Mateo 8,8). El humilde, que es consciente de su identidad menesterosa, no especula con la gracia, la recibe sencillamente y se sobrecoge, agradecido. El silencio potencia la reacción más adecuada ante el gesto generoso. El silencio es como los ojos más intuitivos, que llegan a percibir la presencia divina, que habita al mismo tiempo en la inmensidad y en el propio interior. En la expectación del Misterio de la Navidad, resuenan las palabras que el papa Pablo VI pronunció delante de la gruta de Nazaret, el 5 de enero de 1964: «¡Cómo desearíamos que se renovara y fortaleciera en nosotros el amor al silencio, este admirable e indispensable hábito del espíritu, tan necesario para nosotros, que estamos aturdidos por tanto ruido, tanto tumulto, tantas voces de nuestra ruidosa y en extremo agitada vida moderna!» (Pablo VI).

En la semana del desierto, el silencio es la respiración más profunda de la presencia invisible, donde la soledad es la compañera más íntima, la oportunidad única de poder saber más acerca de uno mismo.

El Adviento es el tiempo de preparación para acoger la Palabra, y nada más adecuado que el silencio para mantener la actitud de escucha, como exhorta Moisés a Israel: «Calla y escucha» (Deuteronomio 27,9).

LLAMADA A LA CONVERSIÓN
¿Tienes silencio interior? ¿Cultivas el silenciamiento del corazón? ¿Habitas en un entorno armónico? ¿Guardas el orden en tu casa?

ORACIÓN
Señor, no soy quien para que entres bajo mi techo. Basta que lo digas de palabra, y mi criado quedará sano.