Segunda semana de Adviento - La esperanza de los profetas

Segunda semana de Adviento - La esperanza de los profetas

Escrito el 07/12/2019
Equipo Editorial HN


En esta segunda semana, iluminados por la luz recibida en el desierto, nos fijaremos en los grandes peregrinos bíblicos: Abraham, Jacob, Moisés, Elías, Juan Bautista y el Pueblo, al que, en relación esponsal, también se le llama al desierto.

PADRES Y MADRES DEL DESIERTO
En los primeros tiempos del cristianismo, por diversas razones, se establecieron colonias de eremitas que se instalaban junto a los «abbas y ammas», los padres y las madres del desierto, que se constituían en guías del camino espiritual.

Los que se van al desierto buscan, sedientos, el manantial, y lo descubren, inagotable, dentro de sí mismos. Son personas esenciales, que dan valor a la mayor realidad, la dimensión trascendente de la vida. Miran de frente con ojos de niño, se saben hijos de Dios.

Los que habitan en los desiertos parecen insensibles y duros por su ascetismo, pero a cada cosa le dan valor único, les gusta la austeridad, conocen la ley de lo que esclaviza y de lo que hace libre, y prefieren el orden, porque saben que es una forma de atravesar el páramo sin angustia ni dependencias. Les llegan las voces de los hombres en los sentimientos de sus propias entrañas y muestran compasión.

En la soledad sin caminos que es el desierto, los que se inician en la vida interior saben poner hitos en el sendero borrado y en la llanura sin horizonte, porque guardan memoria de la providencia divina. Saben librarse de la acedía, poniendo sus manos en la tarea y ejerciendo la hospitalidad. Sienten en su carne lo que acontece en el mundo y se convierten en ofrenda por todos.

Los hombres y las mujeres del yermo llegan a disfrutar de un corazón unificado, por las veces que lo circuncidan. Y aunque aman intensamente, descubren que el único que puede saciar la sed del corazón es Dios.

Paradójicamente, los que habitan en el silencio y en la soledad no se sienten perfectos; por el contrario, son testigos de la misericordia divina por su experiencia del perdón, y como fruto de la gracia, rezuman la paz del corazón. Conservan la ternura secreta del amor de Dios y se vuelven entrañables gracias a su propia experiencia de pobreza y de perdón. Guardan sentimientos de ternura y permanecen todo el día en la vigilia de los que tienen el oficio de orar por sus hermanos.

Son diestros en asumir la propia debilidad, se dejan moldear en las manos del Alfarero. Permanecen siempre atentos a las mociones interiores y las obedecen. Gustan, después del silencio, la verdad de la Palabra.

Aman el silencio, pues saben que en él puede venir el anuncio del Amor más grande. Les atrae la oración, y en ella celebran su relación amorosa. Parecen solitarios, pero la verdad es que han escuchado la invitación a unos desposorios y por ellos son capaces de entregar enteramente su vida.