Segundo miércoles de Adviento

Segundo miércoles de Adviento

Escrito el 11/12/2019
Equipo Editorial HN


(Isaías 40,25-31; Salmo 102; Mateo 11,28-30)

«Se cansan los muchachos, se fatigan, los jóvenes tropiezan y vacilan, - pero los que esperan en el Señor renuevan sus fuerzas, echan alas como las águilas, corren sin cansarse, marchan sin fatigarse».

(Isaías 40,30-31)

LOS POBRES, TESTIGOS DE LA PROVIDENCIA DIVINA

Una constante en la Sagrada Escritura, que cruza como eje transversal toda la Historia de Salvación, es la manifestación de la prodigalidad divina hacia los pequeños, los pobres, los débiles, los extranjeros, los segundones, las viudas, las estériles... Ellos son el mejor testimonio de la bondad divina, que tendrá su manifestación cumbre en el nacimiento del Salvador, y así se anuncia: «Hoy nos ha nacido un niño»; «Ha aparecido la bondad de Dios».

La naturalaza humana guarda su potencialidad, concedida por el Creador, pero tiene sus límites, que cuando se perciben llegan a producir conciencia de debilidad e impotencia. Pero Aquel que ha hecho el universo, para que se vea que es su gracia y no nuestro poder el que realiza la salvación, sin destruir, ni herir lo que Él ha creado por amor, cuando parece que no es posible la esperanza, actúa con la efusión del don de su fuerza, fecundidad, valor, sabiduría, porque para Dios nada hay imposible.

Cuando Abraham y Sara alcanzaban una edad que les impedía esperar descendencia, Dios los bendijo y abrazaron a su hijo primogénito. Cuando Jacob, con toda su familia, perecía de hambre, la Providencia había transformado el mismo pecado de los hermanos de José, el hijo menor, en granero abundante. Los tres jóvenes de Babilonia, arrojados al horno, fueron liberados por el ángel de Dios. Rut, la moabita, se convertirá en esposa de Booz, en tronco de la casa de David...

Quienes se fían de Dios no quedan confundidos. Él sale en favor de los pobres, de los que van a pie, mientras que derriba a los que, pretenciosos y seguros, se afirman en sus carros y caballerías, en su prepotencia arrogante e impía. El Señor saca de la basura al pobre, levanta al caído, sustenta al huérfano y a la viuda, da pan a los hambrientos. Esta certeza sostiene la esperanza de los que confían en Él.

LLAMADA A LA CONVERSIÓN

¿En quién pones tu confianza? ¿Te atreves a fiarte de Dios? ¿Te abandonas a su designio misericordioso? ¿Te descubres sereno en los momentos recios de la vida? ¿Caes en la sospecha desesperanzada ante los signos adversos?

ORACIÓN

Bendice, alma mía, al Señor, y todo mi ser a su santo nombre. Bendice, alma mía, al Señor, y no olvides sus beneficios.

Él perdona todas tus culpas y cura todas tus enfermedades; él rescata tu vida de la fosa y te colma de gracia y de ternura.

El Señor es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia; no nos trata como merecen nuestros pecados ni nos paga según nuestras culpas.