Tercera semana de Adviento - La presencia de los humildes

Tercera semana de Adviento - La presencia de los humildes

Escrito el 14/12/2019
Equipo Editorial HN


Muchos entre los pequeños, los pobres y los humildes han tenido la sabiduría de saber esperar la salvación de Dios. En tiempo de Adviento sobresalen las actitudes de los que a lo largo de los siglos mantuvieron la fe y la esperanza en el cumplimiento de las profecías.

Los humildes a menudo son ejemplo en los tiempos de intemperie. Cuando se toca el límite de la propia estabilidad interior por causa de circunstancias inesperadas, que afectan a la dimensión emocional, a la situación económica, a las relaciones sociales, los que permanecen con los ojos puestos en el Señor exclaman: Ven, ven Señor, no tardes. Probablemente todos necesitamos esta experiencia de acoso de situaciones aparentemente adversas para abrirnos al Tú divino y amoroso. El Señores mi fuerza ymi energía, mi roca, mi baluarte. Dios mío, peña mía, refugio mío..., como hicieron los que esperaron en Él.

Cuando, acorralado por distintas condiciones íntimas o externas, se siente el muro infranqueable, como un callejón sin salida, la memoria de lo que Dios ha hecho a lo largo de los siglos, y en concreto en la historia de cada ser, sana, salva, consuela, conforta y anima. Las dificultades siempre son contrarias al deseo, pero es distinto percibirlas sin referencia trascendente que iluminarlas con la fe, en la certeza de la presencia solidaria de Dios, quien desde antiguo viene siendo guía, acompañamiento y protección de sus elegidos.

Basándonos en esta realidad, comprendemos cómo todo acontecimiento está engarzado en una historia de providencia salvadora. Si hubiera que señalar un eje transversal en el tiempo de Adviento, sería, precisamente, el que muestra que el Creador apuesta por el ser humano, se manifiesta al hombre y le asegura que no está solo, sino que Él viene en su auxilio y se le revela como Emmanuel.

Dios crea por amor y se constituye en la respuesta generosa que complementa toda necesidad de relación de la criatura. Tal identidad es ya una luz, pues en estos momentos en que por muchos motivos podemos sentirnos débiles ante la globalización, las migraciones humanas, la violencia interminable, creer en un Dios que es relación, revelación solidaria, comunidad y comunión, acompañamiento incluso íntimo, nos puede iluminar la mirada sobre todos los problemas y dar sentido esperanzador a la existencia.

Es momento de saberse serenar en el Señor, de llegar a valorar la crisis como circunstancia favorable para adorar al único Dios, y crecer en el despojamiento necesario, purificar la intención en todo lo que se lleva a cabo. Es momento de parar la mente y reiterar el clamor de los pobres: Ven, ven, Señor, no tardes ya.

Este tiempo ayuda a centrar la mirada en el Señor y a intuir, aunque se resista la naturaleza, que el momento de la espera es propicio para descubrir los pliegues ocultos en el propio interior, con los que se convive de manera inconsciente, de no haber sucedido la intemperie que mueve a la súplica.

Deja que Dios actúe, Él lo puede hacer hasta por mediaciones que parecen contrarias al deseo y a lo que se piensa que es mejor. ¡Tantas veces la Providencia se manifiesta a través de paradojas! Toma ejemplo de los que se mantuvieron firmes en la fe y en la esperanza.