Cuarta semana de Adviento - El testimonio de los creyentes

Cuarta semana de Adviento - El testimonio de los creyentes

Escrito el 21/12/2019
Equipo Editorial HN


La certeza y convicción de que Dios nos acompaña no se obtiene con especulaciones. La lucidez de saberse acompañado no proviene de una deducción, se recibe como gracia, mas, de alguna manera, se puede objetivar la experiencia contrastándola con la conciencia que tuvo el pueblo de la Alianza y con la de quienes llegaron a reconocer que habían sido escogidos como destinatarios de las promesas divinas. En esta experiencia se funda la identidad del Pueblo de Israel y la historia de los creyentes cristianos, que se prolonga hasta hoy por la promesa de Jesús de estar con nosotros hasta el fin del mundo.

En el tiempo de la prueba, de la adversidad y hasta del sufrimiento inherente a la propia condición mortal, se comprueba con mayor certeza el acompañamiento trascendente. Así les ocurrió a los patriarcas y profetas, a María y a José. Ellos son los mejores ejemplos y referencias para mantenerse en actitud de espera confiada. Los santos y místicos, los pequeños y sencillos de corazón son testigos de la luz en la noche, de la paz en la prueba, de la fuerza en la debilidad.

A esta altura del Adviento, miramos a los mejores de entre los fieles del Pueblo de Dios, que se mantuvieron creyentes en la expectación del Mesías, y dieron fe al cumplimiento de las profecías y a la certeza del acompañamiento divino, con los ojos puestos en el Salvador anunciado.

Ponerse en camino por el sendero que indica el Señor hacia la meta que Él desvelará, ha sido el proyecto esperanzador de muchas personas que lo han basado en la confianza que les daban la Palabra y las promesas: «Mirad que llegan días - oráculo del Señor - en que cumpliré la promesa que hice» (Jeremías 33, l).

La actitud que se nos pide es la de estar atentos - «Estad siempre despiertos» (Lucas 21,36) - y la de creer en Dios. A los que así lo hicieron se les apuntó en su haber. «Por la fe, Noé, advertido por Dios de lo que aún no se veía, con religioso temor construyó un arca para salvar a su familia; por la fe, condenó al mundo y llegó a ser heredero de la justicia según la fe. Por la fe, Abraham, al ser llamado por Dios, obedeció y salió para el lugar que había de recibir en herencia, y salió sin saber a dónde iba. Por la fe, peregrinó por la Tierra Prometida como en tierra extraña, habitando en tiendas, lo mismo que Isaac y Jacob, coherederos de las mismas promesas» (Hebreos 11, 7-9).

Israel, cuando sufrió el exilio, hacia el siglo vi a. C., recordó los portentos que Dios había hecho en tiempos de Moisés, cómo había librado a los israelitas del poder de Faraón, los había sacado con mano fuerte y brazo extendido, alimentado y conducido hasta la tierra de la promesa. El pueblo deportado, al recordar durante el exilio en Babilonia el comportamiento divino con sus padres, se abrió a la confianza y esperó que Dios volviera a salvarlo. El resto del pueblo, haciendo memoria, comenzó a alentar su fe y su esperanza. Por medio de los profetas llegó a tomar conciencia de que no solo era un pueblo escogido, por haber sido liberado de la esclavitud, sino que la creación y toda la humanidad habían sido hechas por el único Creador, a quien tenía por Señor y reconocía como Absoluto, y estaba seguro de que actuaría de nuevo en su favor.