Evangelio del Día, Jueves 5 de marzo de 2020 - Pedid, buscad, llamad…

Evangelio del Día, Jueves 5 de marzo de 2020 - Pedid, buscad, llamad…

Escrito el 05/03/2020
Equipo Editorial HN


Evangelio del día

Lectura del santo evangelio según san Mateo 7, 7-12

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Pedid y se os dará, buscad y encontraréis, llamad y se os abrirá; porque todo el que pide recibe, quien busca encuentra y al que llama se le abre.
Si a alguno de vosotros le pide su hijo pan, ¿le dará una piedra?; y si le pide pescado, ¿le dará una serpiente? Pues si vosotros, aun siendo malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡cuánto más vuestro Padre que está en los cielos dará cosas buenas a los que le piden!
Así, pues, todo lo que deseáis que los demás hagan con vosotros, hacedlo vosotros con ellos; pues esta es la Ley y los Profetas».

 

Reflexión del Evangelio de hoy

Protégeme, que estoy sola… Tú, que lo sabes todo

Escuchamos en la primera lectura una oración. Sin ninguna alusión a la “historia” que se está desarrollando, con tintes de drama. ¿Qué mensaje nos puede hacer llegar hoy esta Palabra?

Ester es reina. Se le supone, en consecuencia, un cierto grado de poder, además de unas condiciones de vida muy fáciles.

Pero percibe el peligro y tiene miedo. Se siente desvalida, a pesar de su condición privilegiada. No tiene a quien acudir. Y se vuelve hacia el Dios de sus padres, de quien ha escuchado que viene la salvación.

La situación límite le lleva a la conciencia de que no tiene otro auxilio que el Señor. Y, aterrorizada, se dirige a Él con fuerza, pasión, atrevimiento, como aquellos que saben que sus minutos están contados… “protégeme, que estoy sola” “no tengo otro auxilio que tú…”.

El Señor como ancla, roca, refugio, salvación… para Ester y para cada uno de nosotros. En la situación que sea, activar la conciencia de que Él es el primero y el último, el definitivo, la única esperanza auténtica.

Eso no significa que en las diversas situaciones de la vida no tengamos que actuar, buscar caminos… pero ¿acaso no nos distraemos persiguiendo -exclusivamente desde nuestras propias fuerzas y recursos- la solución a nuestras necesidades? ¿Se nos queda Dios al margen?

Apunte final. Como en otros lugares del Antiguo Testamento, la oración de Ester nos muestra la infinita distancia entre la mentalidad del pueblo de Israel durante largos periodos de su historia y la propuesta de Jesús: la concepción de que mi salvación está vinculada a la destrucción de mi enemigo legitimando además la venganza, frente a la invitación a amar a nuestros enemigos. ¿Dónde nos encontramos nosotros?

Pedid, buscad, llamad…

El texto evangélico que nos presenta la liturgia de hoy es bien conocido, en sus diferentes versiones. Pedir y que te den, buscar y encontrar, llamar y que te abran resulta fuertemente deseable al ser humano.

Y puestos a ello se nos ocurren mil cosas que podemos pedir, buscar, y que en nuestra opinión merecen la pena como para “tocar a la puerta” de Dios. Conocemos muchas de las peticiones que con frecuencia se dirigen a Dios: la salud, el dinero, que nos toque la lotería, aprobar los exámenes, encontrar un trabajo, ganar un partido de fútbol, conseguir novia o novio, que nuestra familia y amigos estén siempre bien… la lista es interminable. Y para que Dios vea nuestro interés y buena intención le prometemos cosas a cambio, acabando por establecer un comercio con Él, en el que le hacemos una variedad importante de ofertas: peregrinar a santuarios, caminar descalzos, subir escaleras de rodillas, hacer limosnas… hasta las asombrosas promesas en las que quien se compromete lo hace por otro. He conocido el caso de una mujer que prometió a Dios que su hija sería monja (no sé si alentada por el ejemplo de Ana, la madre de Samuel)…

Jesús nos dice sencillamente que Dios nos va a dar cosas buenas (el Espíritu, en el texto paralelo de Lucas). ¿Coincidirán nuestros criterios y el de Dios sobre qué cosas son buenas?

Y detrás de esta propuesta está la invitación a la confianza total. “Vivirnos” colgados de Dios, desde el reconocimiento de nuestra condición de criaturas. Como podría decirnos Timothy Radcliffe, no le pedimos cosas a Dios para recordarle nuestras necesidades (Él las conoce), sino para recordarnos a nosotros mismos que todo lo recibimos de Él. Un antídoto contra los ataques de vanidad que pueden asaltarnos…