Evangelio del Día - Miércoles 13 de mayo 2020 - Sin mí no podéis hacer nada

Evangelio del Día - Miércoles 13 de mayo 2020 - Sin mí no podéis hacer nada

Escrito el 13/05/2020
Equipo Editorial HN


Evangelio del día

Lectura del santo evangelio según san Juan 15, 1-8

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Yo soy la verdadera vid, y mi Padre es el labrador. A todo sarmiento que no da fruto en mí lo arranca, y a todo el que da fruto lo poda, para que dé más fruto.
Vosotros ya estáis limpios por la palabra que os he hablado; permaneced en mí, y yo en vosotros.
Como el sarmiento no puede dar fruto por sí, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí.
Yo soy la vid, vosotros los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ese da fruto abundante; porque sin mí no podéis hacer nada. Al que no permanece en mí lo tiran fuera, como el sarmiento, y se seca; luego los recogen y los echan al fuego, y arden.
Si permanecéis en mí y mis palabras permanecen en vosotros, pedid lo que deseáis, y se realizará.
Con esto recibe gloria mi Padre, con que deis fruto abundante; así seréis discípulos míos».

Reflexión del Evangelio de hoy

A vueltas con el pasado

Pablo y Bernabé, en el Capítulo 15 de los Hechos, son escogidos para dirimir, junto a los apóstoles y presbíteros, una cuestión que los fariseos conversos a la fe cristiana exigían: la circuncisión de los gentiles. Mientras los fariseos conversos se quedan anclados en el pasado con la ley de Moisés; Pablo y Bernabé comparten cómo es la alegría de la fe entre los gentiles. Un pueblo naciente y nuevo por la fe en Jesucristo.

Todo esto, provoca una gran discusión en la comunidad de los primeros creyentes. Discutir es bueno, pero ser intransigente con los demás es lo que nos conduce a anclarnos en el pasado, como si de él dependiera toda la bondad de Dios.

Cuando nos quedamos anclados en el pasado, no permitimos que Dios cree en nosotros un corazón nuevo capaz de albergar una nueva esperanza, y una nueva alegría. Hay que destacar que mientras la comunidad se alegraba de los nuevos creyentes, los más rancios de la pureza (los fariseos conversos) no lo hacían. Exponían sus exigencias antes de sentirse conmovidos por la novedad de un pueblo que crece en la fe del resucitado. Por eso, la opción que nace de la novedad creyente y la alegría pascual es la de no quedarse anclados en la esterilidad violenta de las discusiones.

Se tienen en cuenta las consideraciones, cuando cambio la actitud. Cuando transformo una discusión violenta en un diálogo sincero, sin imposiciones. Los apóstoles y presbíteros se reunieron para tomar una decisión, pero no era precisamente un ambiente de calma. La decisión que tomaron fue la de no imponer más cargas que las indispensables…

Porque la vida del cristiano ya tiene sus propias y nuevas exigencias, no es necesario trasladar exigencias del pasado. Por ello, no vamos a ser más perfectos ni más santos. Cristo es el Nuevo Moisés, la nueva esperanza, la nueva alegría. El resucitado pone en nuestro interior un nuevo marco de exigencia: la alegría en el amor.

Sin mí no podéis hacer nada

Jesús, en el Evangelio de Juan, nos habla del permanecer como el sarmiento permanece unido a la vid, nutriéndose de ella, para dar fruto abundante. Explica que Jesús es la Vid, y el Padre el labrador, y nosotros los sarmientos. Hay toda una unidad vinculada al amor.

El término “Permanecer” tiene la acepción siguiente:

Mantenerse sin mutación en un mismo lugar, estado o calidad.

Mantenerse sin mutación en un mismo estado de gracia es lo que nos propone Jesús. La idea de la fe no permite mutación, lo que permite es conversión. La mutación es moverse o mudarse. La conversión permite que alguien se transforme en algo distinto de lo que era. Y para nosotros los creyentes, la razón de esa transformación es Cristo.

Él nos dice que sin Él no podemos hacer nada. Él es la puerta de acceso a la ternura de Dios, a su misericordia. Si queremos acceder al Padre, sólo podrá ser a través del conocimiento que nos da Jesús, a través de sus Palabras y acciones.

Lo que Jesús nos pide es fidelidad y lealtad a su palabra, acogida y adhesión de su proyecto recreador de nuestra esperanza. Un nuevo reino de amor, justicia y paz; sin mutaciones y cambios acelerados que nos conduzcan a la inmadurez y superficialidad.

Jesús ha dejado su huella entre nosotros, nos habla directo a nuestro corazón temeroso, para que no suceda nuevamente la traición y la huida de sus discípulos, les habla de la permanencia, de una presencia infinita, de la unidad que existe entre Dios y los hombres por medio de Él.

Que todos seamos uno, ha de ser nuestra oración. Una oración confiada y siempre nueva. Una oración centrada en el Cristo de la Vida y la Alegría. Permanecemos en Él, permanecemos en la Vida, permanecemos en la Alegría Pascual. Dios pasó por nuestra vida haciéndonos copartícipes de su vida y su gracia.